sábado 4 de febrero de 2012
DESCONCIERTOS (MALACABEZA)
Concierto celebrado el pasado Jueves 17 de Noviembre de 2011 en El Sol (Madrid). Público: 150 personas aproximadamente.
Debido a que, las cosas como son, las canciones, el estilo, los registros y la propuesta musical en general de Malacabeza me dejan bastante frío; apenas me emocionan, cautivan, subyugan ni motivan; y por tanto, en líneas generales, en esta humilde crónica de su pasado concierto en El Sol, va a haber más palos que halagos; voy a dejar bien clara una cosa desde el principio, sobre todo para que luego no aparezcan los comentarios de el/los listillo/s de turno dándome cera por pensar que mis opiniones en vez de surgir desde la sinceridad (aunque a veces a mí mismo me duela reflejarla), están motivadas por otras cuestiones tales como envidias, malos rollos con los grupos criticados, desavenencias y otras chuminadas y polleces varias del estilo: los miembros de esta banda en general y en especial sus dos pilares básicos, Ramonet Reche y sobre todo Joel Reyes, me parecen una gente maravillosa, cercana, humilde, trabajadora, entusiasta y simpática. Pude charlar con ellos después de esta actuación, compartiendo unas cervezas y me subyugaron sus conocimientos musicales, su amor por esta profesión, su ilusión, su sensatez y sobre todo su calidez y calidad humana. Quiero resaltar además, que lo que yo escribo en este blog no es ni más ni menos que mi opinión, que a su vez es el fiel reflejo de las sensaciones (positivas, negativas, frías, entusiastas…) que en mí provocan los diferentes artistas que desarrollan sus propuestas sobre el escenario y por tanto pueden ser diferentes, parecidas, iguales o diametralmente opuestas a las del lector, pero eso sí, sinceras. Por otro lado, es cierto que en muchas ocasiones me he despachado a gusto y he sido muy hijo de puta en mis comentarios y análisis, pero queridos amigos (o no), creo sinceramente que todo lo que escape de la crítica políticamente correcta, insulsa y anodina que por regla general es la que se hace en este país, es algo que hay que practicar, fomentar y difundir. Y si fulano de tal y su banda de menganos hacen una música que a mí me provoca arcadas y ganas de inflarlos a hostias, pues intentaré reflejarlo en este espacio de la forma más fehaciente posible, en vez de escribir las típicas mierdas del tipo: “tienen que mejorar”, “estuvieron flojitos”, “no fue su mejor día”, “tal vez su sonido sólo sea apto para paladares muy exquisitos”, etcétera, etcétera. Y para terminar, y como sabréis los habituales lectores del blog, este espacio ha sido desde el primer día de su creación también el vuestro, teniendo cabida todas vuestras opiniones y comentarios, que jamás he eliminado, cuestionado ni omitido. Así que si aún después de esta introducción sigues pensando que mis opiniones no son sinceras o bien que soy un gilipollas, un capullo, un mierda, que no tengo ni puta idea o cualquier otra cosa que se te ocurra, podrás perfectamente reflejarlo al finalizar esta entrada, algo que te agradeceré enormemente, porque quien a hostias verbales mata a hostias verbales merece morir.
Pero centrémonos ya en el concierto de Malacabeza, un grupo que comenzó como un proyecto en solitario de Joel Reyes (ex Baked Beans, no lo olvidemos) allá por el 2001 cuando comenzó a componer y escribir unas canciones que acabaron publicándose en 2009 en su homónimo primer disco. Tras este lanzamiento, Malacabeza cambió a formato de banda, siendo Reche el nuevo pilar en el que se sustenta el peso compositivo de los nuevos temas de este proyecto que aparecen compilados en su nuevo larga duración: “Pirómanos”, que es precisamente el disco que presentaron esta noche ante el público de la capital.
Estilísticamente, esta banda se mueve entre el pop y el rock, siendo los temas más pausados, las baladas y los medios tiempos, los más predecibles en general y los temas más enérgicos y moviditos los más disfrutables, pese a no ser tampoco nada del otro mundo. La falta de originalidad de su sonido, el hecho de que todas sus canciones suenen a algo ya conocido y escuchado hasta la saciedad, es sin lugar a dudas la mayor tara de Malacabeza. Por un lado, los temas más “pop” del repertorio poseen unas melodías demasiado planas y monótonas, faltas de fuerza y muy predecibles, con un tufillo a típico temita de radiofórmula que tiran pa´ tras. O bien suenan a pop ochentero trasnochado. O lo que es peor, algunos incluyen ciertos matices charangueros y pachangueros a lo orquesta de pueblo, que terminaron de dejarme helado. Y el caso es que aún con todo y eso, tuvieron una actitud sobresaliente sobre las tablas, demostrando un gran dominio del ritmo y el tempo de un buen directo y sobre todo, que son muy buenos músicos -sonido impoluto, gran coordinación, técnica exquisita-. De hecho, y pese a que no nos engañemos, ninguno de sus temas escapó de lo previsible, nos ofrecieron varios momentos gratificantes cuando explotaron su vena más rockera, sonando a algo ya conocido -Héroes del Silencio, Fito y Fitipaldis-, pero no por ello menos disfrutable. Destacaron sus acertadas y movidas versiones del “Resistiré” del Dúo Dinámico y de “Pánico en el edén” del gran Tino Casal. De su última largo, las sólidas “Pirómanos” y “Real”. Y como momento álgido, la interpretación de “Vida” junto con el bueno de Morti, que como siempre cumplió con nota. Me gustaría destacar también el plus de intensidad y sensibilidad con el que Malacabeza arremetió sus canciones más pausadas y reflejar que como invitado, también se subió al escenario el cantante Chuso Moya, que la verdad es que pasó bastante inadvertido.
En definitiva, poca originalidad en un proyecto que a mí personalmente apenas me transmitió nada; compensada por altas dosis de profesionalidad y una buena actitud en escena. Lo que acaba provocando que de Malacabeza apenas recuerde ya ninguna de sus canciones por un lado; pero por otro, conserve un grato y perenne recuerdo de sus integrantes y de su despliegue de optimismo, ilusión y calidez.
jueves 19 de enero de 2012
DESCONCIERTOS (AKRON/FAMILY Y TIMBER TIMBRE)
Concierto celebrado el Miércoles 16 de Noviembre de 2011 en El Sol (Madrid). Público: 200 personas aproximadamente.
Los teloneros Timber Timbre no llegaron a conectar de todo con un público que siendo realistas, había acudido a la sala a ver a Akron/Family, sin importarles ni mucho ni poco lo que pudieran ofrecerle los canadienses. Esto hizo que no se esforzasen en prestar atención a la acojonante (pero compleja) propuesta musical que estaba siendo desarrollada sobre las tablas, que no mostrasen ni pizca de interés y que pasasen, de ni siquiera, intentar disfrutar de su exquisito y soberbio sonido. La verdad es que no sé si cuando el trío encabezado por Taylor Kirk comience a ser recomendado y ensalzado (porque no dudéis que con su calidad, más pronto que tarde comenzarán a ser reconocidos como uno de los puntales del folk rock más original y atrayente a nivel mundial) por la crítica nacional, con el mismo ímpetu con el que en la actualidad se ha estado ensalzando a Akron/Family, muchos de los asistentes a este concierto no se acabarán tirando de los pelos por no haberles hecho ni puto caso, o bien obvien esta falta de atención con sus amigos modernatas y mintiendo como bellacos presuman de que “yo ya los vi hace dos años en El Sol cuando no eran tan conocidos y me fliparon”. ¡Ay, los gafapastas y sus imposturas!
Pero centrémonos ya en los aspectos meramente musicales. Timber Timbre ejecutan una suerte de folk/rock/pop/country preciosista y delicado, cocinado con una alta gama de ingredientes experimentales -auto-arpa, pedales, reverberación…- pero con aroma y sabor a “clásico”, de una exquisitez sobresaliente. Predominan en su repertorio (centrado en esta ocasión en su último disco publicado: “Cree pon creepin´in” -el cuarto de su carrera, pero el primero que publican en Europa-) las canciones de melodías complejas, oscuras, dramáticas, intensas, profundas, casi mágicas -podrían funcionar a la perfección como banda sonora de las películas de Tim Burton o de David Lynch para que os hagáis una idea- y sobre todo, hermosas.
El peso del grupo lo lleva sin duda el ya citado Taylor Kirk, quien con su voz profunda e inmensa, se destapa como un aventajadísimo alumno del maestro Leonard Cohen, sobre todo en los temas en que su voz se desliza sin prisas, casi recitando, lo que provoca que las letras de las canciones adquieran un tono más solemne. Pero es que además domina un amplio abanico de registros y también es capaz de alcanzar un lirismo cálido y aterciopelado que a su vez recuerda a Antony (Antony and the Johnsons). Sería injusto no obstante, no citar a esos dos secundarios de lujo que le acompañan: Mika Posen (fabuloso con el violín) y Simon Trottier (el artífice de la mayoría de efectos opresivos e inquietantes que elevan el tono de todos los temas del trío).
De su sobresaliente actuación destacaron tres canciones sobre el resto: las intensas y vibrantes “Obelisk”, “Cree on creepin´on” y “Swamp magic”, cima compositiva de los para mí, triunfadores de la noche.
Tras ellos, saltaron a escena unos Akron/Family que vinieron a presentar al público español su último disco -“Akron/Family II: the cosmic birth and journey of shinju TNT”- y a los que les costó calentar motores. El trío afincado en New York comenzó dubitativo y falto de intensidad y no fue hasta mediada su actuación cuando se produjo un “in crescendo” en su actitud, en su forma de ejecutar los temas y en el sonido de dichos temas, que finalmente acabó en un pitote de cojones que dejó a la parroquia exhausta.
Los primeros temas en caer -“Gravelly mountains of the moon”, “Love, love, love (everyone)”, “River”...”-, fueron los que tuvieron una menor carga lisérgica, experimental y psicodélica de toda su actuación. Es decir, los de sonido menos sugestivo, fresco y novedoso y por tanto, como ya he dicho anteriormente, los más fallidos. De hecho, sonaron a ese folk colorista y vital que hizo famosos a Simon & Garfunkel, pero mucho más monótonos y predecibles. Su primera intentona pues, de ejecutar ese folk revitalizador que les ha hecho famosos, de realizar un sonido preciosista cimentado en los quiebros de las melodías y la variedad de matices, hizo aguas por los monótono de dichos matices que en vez de ser ostentosos, contundentes y casi barrocos como en la segunda parte del concierto, tendieron a un minimalismo que no les sienta nada bien y provoca más aburrimiento que otra cosa.
“Island” fue el punto de inflexión de la noche. El momento en que Olinski, Larssen y sobre todo Miles Seaton parecieron considerar oportuno, para de una puta vez por todas, mostrar su lado más gamberro y dar rienda suelta a sus benditas chaladuras, arrancándose de cuajo esa especie de corsé que hasta el momento les había constreñido. La transmutación se tradujo en saltos, contoneos, diversión (lo mejor del trío es que están muy, pero que muy colgados) y por supuesto en un sonido más huracanado, transgresor y sensorial. Memorables fueron sus interpretaciones de “Silly bears” y como no, de ese “Another sky” que puso la sala patas arriba, con los protagonistas de la noche mezclándose enfervorecidos con un público entregado. La psicodelia brotó con fuerza y también los toques experimentales, recordándome varios pasajes sonoros a la increíble banda italiana Drink to me. Para los bises dejaron “Love and space” (“Meek warrior”) con la que cerraron de forma brillante una actuación en la que por momentos hubo más cuento que talento y por momentos más talento que cuento, lo que a su vez provocó que en algunos pasajes me preguntase: ¿a quién quieren engañar?, para finalmente sentirme encantado de haber sido subyugado por su música (sin importarme ya ni mucho poco si había sido engañado o no).
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miércoles 11 de enero de 2012
DESCONCIERTOS (WYE OAK Y PINK MOONTAINTOPS)
Concierto celebrado el pasado Lunes 14 de Noviembre de 2011 en El Sol (Madrid). Público: 100 personas aproximadamente.
Esta velada otoñal podría definirse como la noche de los “dúos rarunos” y también como la de los dúos certeros.
Para empezar, el dúo Pink Moontaintops, formado por Stephen McBean, cantante de Black Mountain que en este proyecto paralelo ejerce de “songwriter” y guitarrista, y por Greg Foreman (ex The Delta 72) a los teclados y coros. Su aperitivo de unos cuarenta minutos de duración estuvo cocinado con muchos ingredientes estilísticos pero curiosamente ninguno de ellos fue el del folk rock, pese a ser éste el género que más alabanzas le ha reportado al chef McBean por parte de crítica y público con su proyecto más conocido, el ya citado grupo Black Mountain. Entre la amalgama de géneros y estilos que dan forma al genuino sonido de los americanos en cambio, pudimos encontrarnos con altas dosis de rock clásico, pinceladas de electrónica, trazas de shoegaze y unos buenos chorreones de psicodelia aliñándolo todo. Formando un conjunto perfectamente ensamblado con la finalidad de crear una atmósfera casi etérea compuesta por unas melodías angostas, oscuras y complejas; plagadas de matices, quiebros y requiebros; de texturas dispares que se movieron desde la rugosidad más cortante a la acuosidad más fluctuante. Una mezcla tan explosiva como inverosímil que parece beber de los primitivos Depeche Mode, de Death in Vegas, de los Blur más psicodélicos e incluso del sonido áspero y oscuro de The Stooges. Una mezcla que sobre todo se cimenta en la fabulosa voz de Stephen McBean, que se mueve con solvencia por amplitud de registros y que posee ese deje de suficiencia y altivez tan característico de vocalistas como Liam Gallagher. Hasta aquí todo correcto, todo positivo, por no decir excelso. El problema es que si una actuación de apenas tres cuartos de hora te acaba provocando cierto grado de sopor, por no decir aburrimiento, es que algo falla. Y lo que falla es que pese a las variaciones melódicas y de género, Pink Moontaintops ofrecen un directo muy lineal, sin cambios de intensidad, que se vuelve monótono al cuarto de hora y que provoca una especie de semiinconsciencia que acaba traduciéndose en regustillo amargo. Por tanto, clase y genio poseen, pero falta algo más de entraña para tornar un show demasiado frío y distante en un show que sea capaz de transmitir mucho más calor al público. Aún así, la suya fue una curiosa, diferente y buena actuación.
Para finalizar, el dúo de de Baltimore Wye Oak, formado por Jess Wasner -cantante y guitarrista- y por el increíble Andy Stack, quien ahí es na´, toca con su mano izquierda el teclado y con la derecha la batería, en un derroche de virtuosismo que yo jamás había visto antes. Virtuosismo del que hace también gala una Jess Wasner que posee una hermosa voz que se deslizó con soltura por una amplia gama de registros, abarcando desde la solemnidad de Chrissie Hynde a la luminosidad cegadora de Björk, pasando por la profundidad de Bonnie Tyler, sin inmutarse; y que además toca la guitarra con una fuerza y una rabia arrebatadoras como dejó claro en temas como “Dogs eyes” y “Hot as day” (de lo mejor de su gran actuación).
El sonido de los americanos es una especie de rock futurista con toques electrónicos, cimentado en unas complejas melodías compuestas por decenas de capas sonoras superpuestas, que dan como resultado un todo solemne y abismal, que acaba atrapándote con fuerza en su interior. Además, y a diferencia de sus compatriotas Pink Moontaintops, imprimen una intensidad colosal a sus interpretaciones, logrando en este caso sí, un feedback total y absoluto con el público.
En este concierto destacaron los temas interpretados de su último disco “Civilian”, que por otra parte es de los tres que componen su discografía, su cima compositiva hasta la fecha. Sonaron increíbles además de las ya mencionadas “Dogs eyes” y “Hot as day”, las emocionantes “Holy” e “I hope you die” y sobre todo su gran hit “Civilian”. De trabajos anteriores dejaron para el final la efectiva “For prayer” (“The Knot”, 2009) y ya en los bises se marcaron una correcta versión del “Stranger” de los Kinks.
Y al marcharse nos dejaron esa sensación placentera de saber que habíamos disfrutado de un concierto más que especial.
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lunes 9 de enero de 2012
DESCONCIERTOS (THE POLECATS Y NU NILES)
Concierto celebrado el pasado Sábado 12 de Noviembre de 2011 en El Sol (Madrid). Público: 150 personas aproximadamente.
El sexto trabajo de estudio de los barceloneses Nu Niles ha sido producido por Martin “Boz” Boorer, ahora más conocido por ser el actual director musical de la banda de Morrisey, pero sobre todo para los amantes del Rockabilly británico, por ser uno de los miembros fundadores de The Polecats allá por 1977; por lo que no es de extrañar que ambos compartiesen escenario en la capital en esta mágica velada, en la que a la postre, precisamente el gran ausente fue el propio “Boz”.
El homónimo último trabajo del grupo catalán estuvo a punto de no ver la luz por el accidente sufrido por su baterista Blas Picón, pero finalmente decidieron grabarlo sustituyéndolo por el notable Anton Jarl de “Mambo Jambo”. Este disco es el que precisamente presentaron esta noche ante la parroquia madrileña, aunque también cayeron temas de trabajos anteriores: “I let mess her my hair” (“Destination Know”), “Shot shot shot” (“You didn´t come to my funeral”) -de su época de composiciones escritas en inglés-, “Every nena”… De las nuevas destacaron: “Bajo tu colchón” (de lo mejorcito que han compuesto en su carrera), “No lo vi venir” y “Nada será eterno”, que demuestran la línea continuista de las composiciones de Cobo, Kovacevic y Picón con respecto a largos pasados, pero con un poso más pausado y clasicista (el hillbilly a pasado a mejor vida y las reminiscencias con bandas primigenias del Rock and Roll en la Ciudad Condal como Los Rebeldes, son cada vez más evidentes), con el castellano como lengua elegida para transmitir sus mensajes y con un mayor número de matices en las melodías. La fuerza la sigue poniendo no obstante el poderoso Iván Kovacevic al contrabajo, que estuvo inmenso sobre todo en la contundente “El crujir de tus rodillas” (de los mejor de la noche). La mano de Boorer también se nota en muchos de los temas, algo que inevitablemente nos trae a la mente a los Stray Cats, ya que el salvajismo punk de The Polecats es algo que no ha empapado la pureza del sonido de Nu Niles. Una pureza y corrección en la ejecución que ya son marca de la casa y que les ha servido para ganarse el respeto y el cariño del público. Un respeto que por supuesto yo también les profeso, pero que aún así no evita que una vez más me quede la sensación de que el trío barcelonés podría dar mucho más de sí, que sigue ofreciéndonos shows demasiado estáticos y que podrían si quisiesen dotar de una mayor garra, contundencia y alma a unas composiciones que no acaban de explotar con toda la fuerza que deberían. Algo que esta noche fue más evidente que nunca cuando a continuación saltaron a escena unos incendiarios The Polecats que derrocharon fuerza y clase a raudales, sobre todo gracias a un hipermotivado Tim Worman, que demostró lo que significa salir a comerse el escenario a “bocaos”; y eso pese a que ya no tienen nada que demostrar a estas alturas de la película, en la que ya han escrito con letras de oro su nombre en la historia musical del Rock and Roll, sobre todo gracias a ese “Polecats are go!” (1981), que es sin duda uno de los mejores discos de rockabilly europeos de todos los tiempos.
Y es que treinta y tantos años después de su formación, la banda londinense sigue en un estado de forma acojonante y derrochando altas dosis de esa energía tan cercana al punk, que ha definido su sonido, sus trabajos de estudio y sus directos hasta día de hoy. Si a ello le sumamos que poseen un repertorio plagado de canciones memorables -“Big green car”, “Get ready Amber”, “Hip hip baby”, “Sunglasses”, “Crash the party” y por encima de todas ellas las míticas “Make a circuit with me” y “Rockabilly guy”- que encima aderezan con versiones brutales de clásicos como la del “John I´m only dancing” de Bowie con la que abrieron su actuación, la de “Jeepster” de T-Rex (trepidante y cercana al “psycho”) y la del “What do I get” de The Buzzcoks (salvaje); que imprimen un ritmo trepidante a sus actuaciones (ésta, con dos tandas de bises incluidos) y que son capaces de mezclar con sapiencia el sonido de Stray Cats con la fiereza de los más grandes iconos del punk de la historia; es evidente que asistir a uno de sus directos sigue siendo a día de hoy una experiencia inolvidable.
Sudor, garra, riffs endiablados, toques surf, un poquito de punk y un mucho de Rock and Roll es la fórmula de su éxito. Y por encima de todo, unas enormes ganas de seguir disfrutando con la música y de seguir demostrando lo grandes que son, sin buscar vivir de rentas pasadas y siendo igual de inconformistas que cuando surgieron.
Conciertazo el suyo.
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domingo 18 de diciembre de 2011
DESCONCIERTOS (THE CHERRY BOPPERS)
Concierto celebrado el pasado Viernes 11 de Noviembre de 2011 en El Sol (Madrid). Público: cerca de 100 personas.
La banda de Santutxu (Bilbao) es otro ejemplo que constata una de las realidades musicales más evidentes de la Península: Euskadi es con diferencia su mejor y más prolífica cantera de músicos, grupos y solistas. Empiezo esta reseña con esta (mi) opinión (por no decir realidad más que objetiva) porque creo que tiene mucho mérito que de un territorio tan pequeño hayan surgido y sigan surgiendo proyectos musicales como churros, de tan enorme calidad, talento, frescura y originalidad, englobados en todo tipo de géneros y revitalizando todo tipo de sonidos y estilos. De hecho, sin echar la vista atrás y centrándome únicamente en grupos coetáneos, a vuelapluma me vienen a la mente decenas de nombres tan indispensables como: Barricada (¿se separarán realmente?), We Are Standard, Berri Txarrak, Txarrena, Betagarri, Su Ta Gar, Doctor Deseo, Sociedad Alkoholika, Fermín Muguruza, Ruper Ordorika, Fito y Fitipaldis, Pi.L.T., Atom Rhumba, Señor No… Listado ante el que solo puedo mostrar desde este humilde blog mi más sincera admiración y reconocimiento.
Centrándome ya en The Cherry Boppers en particular, vaya por delante que para mi es una de las mejores bandas de jazz funk, soul y música de raíz negra que hay en nuestro territorio. Esto es así porque poseen una facilidad pasmosa para mezclar estos géneros con otros estilos (base rockera evidente, pinceladas de acid jazz, toques de blues y altas dosis de psicodelia) lo que provoca un abanico de sonoridades que engrandecen sobremanera el resultado final. También porque son una de las bandas que mejor fusionan metales con cuerdas en la actualidad. Y sobre todo, porque tienen una facilidad asombrosa para generar hitazos a cascoporro, de esos que desatan pasiones e inundan de ardor y sudor las pistas de baile.
Este asombroso puzzle de sonidos explosivos, gran dinamismo y ritmo frenético es el resultado de unir seis piezas maestras: el ímpetu de “Ignatius Johnny” al tocar su hammond de forma infernal, la rotundidad de “Txefo K-Billy” y “Rambo The Street King” a la batería y al bajo respectivamente, los desaforados sonidos extraídos por “Willy Calambres Wallace” de su saxo, la contundencia de “Art LaRoque” al trombón y sobre todo, la suficiencia con la que “Xixo Yantani” consigue extraer de su guitarra, riffs abrasivos y punzantes en la onda del lisérgico Santana de los inicios y del estratosférico Charles Pitts (guitarrista del álbum “Shaft” grabado en 1971 por Isaac Hayes), provocando un éxtasis continuo en el oyente.
Éxtasis que en esta ocasión surgió de la mezcla de temas ya clásicos de su todavía no muy extensa, pero acojonante, discografía: la huracanada y trepidante “La pulguita” (“Play it again!”), su single más reconocible y rompepistas “Black Lolita”, su brutal versión del “Watermelon man” de Herbie Hancock, la frenética “Play it again, funk!”…, con el desglose casi completo de las canciones que componen su nuevo disco “Shakin´ The Hood” -que es el que presentaron esta noche al público de la capital-: “Wild imagination”, “Blasphem blaster”, “The harvest” y las impresionantes “Crosstown Traffic” (versión que homenajea al maestro Jimmy Hendrix, que por intensidad, originalidad y frescura, me atrevería a decir que podría sentar las bases de un nuevo género musical: el Psicodelic Rock and Soul) y sobre todo esa bestialidad que es “Hey!”, que a su vez abre una nueva veda en lo que a estilos musicales se refiere y que también me voy a atrever a bautizar como Garage Funk; y que acabó desembocando en una recta final memorable en la que The Cherry Boppers enloquecieron, ofreciéndonos un derilante, enloquecido y anfetamínico cierre de concierto en el que se multiplicaron los saltos, los bailes, los gritos y las situaciones asombrosas como la que protagonizaron LaRoque golpeando de forma magistral las teclas del hammond con su trombón e Ignatius completando la faena, tocando ese mismo hammond del revés.
Actitud, calidad y energía arrolladoras, que me trajeron a la mente a la mejor tradición de bandas gypsys y zíngaras de la Europa del Este, puestas al servicio de uno de los directos más brillantes que se pueden disfrutar a día de hoy en nuestros escenarios. Lujazo, vaya.
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viernes 16 de diciembre de 2011
DESCONCIERTOS (JD McPHERSON)
Concierto celebrado el pasado Jueves 10 de Noviembre en El Sol (Madrid). Público: lleno.
El primer disco en solitario de JD McPherson, antes al frente de Starkweather Boys, “Signs & Signifiers”, ha sido considerado por la crítica especializada como uno de los mejores discos de Rock and Roll del año y ha contado además con el beneplácito del público más purista: esos rockers de la Vieja Escuela que en la mayoría de lugares (también en nuestro país) son los que suelen aconsejar con sus opiniones por donde van los tiros, a las nuevas hornadas de amantes del género, a los cachorros de nuevo cuño y al resto de rockers y “advenedizos” (jerarquías mandan) menos exigentes en cuanto a valorar y preponderar el clasicismo de bandas y solistas que escuchan. No es de extrañar por tanto que en esta velada hubiese un predominio casi absoluto de tupés y patillas y no se viese un mayor eclecticismo en el público, más propio de otros artistas centrados en el revival, tipo Kitty, Daisy and Lewis, por poner un ejemplo. Esto por un lado es un claro ejemplo de que la esencia de las canciones que componen “Signs & Signifiers” es de una pureza estilística que evoca a los gloriosos 50´s y a los más grandes maestros del género -Howlin Wolf, Elmore James, Bo Diddley, Chuck Berry…-, y por otro, una muestra más de que por desgracia este tipo de música, pese a poseer como en este caso una calidad aplastante, un sonido exquisito, una elegancia abrumadora y un ritmo estratosférico, apenas llega, es conocida ni valorada, por un público más masivo. Lo que a su vez es motivo de orgullo para un público que sobre todo valora la autenticidad y una identidad propia, única, diferente (y minoritaria) y gusta de guardar en secreto sus joyas; y que por tanto rehuye y huye de modas y estilos más masivos, generales y generalistas; pero en el fondo provoca que haya ciertos sectores de la audiencia, con las orejas potencialmente más abiertas, a las que apenas les lleguen estos sonidos, lo que provocaría que artistas de este calibre alcanzasen un reconocimiento mucho mayor del que poseen.
No obstante, con actuaciones como la de esta pasada velada, de Rock and Roll con mayúsculas en particular y de Música con mayúsculas en general, me temo que JD y compañía van a incrementar notablemente su nómina de adeptos allá donde vayan, porque poseen una calidad incuestionable que subyuga con una facilidad asombrosa. La fórmula de su éxito es el resultado de una conjunción de talentos abrumadora. Que JD canta con una suficiencia increíble es algo que ya se ha comentado miles de veces, pero a esto hay que añadir algo que no se ha resaltado tanto y es que toca la guitarra -una preciosa Fender Telecaster como no podía ser de otro modo- de forma avasalladora y endemoniada, gracias a una velocidad en sus dedos que hacía mucho que no veía y generando unos sonidos afilados y punzantes de esos que se clavan como puñales en la memoria para no marcharse jamás. Al de Oklahoma además le acompañan el portentoso Jimmy Sutton al contrabajo, que además es el productor del disco y sobre todo en el directo, es el que lleva el peso de los temas con una base rítmica brutal, atronadora y sin fisuras; Alex Hall a la batería, que atesora una clase con las baquetas exquisita y además se ha encargado de las mezclas en “Signs & Signifiers”; y Jonathan Doyle al saxo, que es quien se encarga de elevar el tono general del conjunto con sus enrevesados, coléricos y casi enloquecidos (el espíritu de James Chance sobrevoló la sala personificado en él) solos y sobre todo de aportar un abanico de matices que hacen que el sonido 50´s suene fresco y revitalizador sin perder ni un ápice de su primitiva esencia.
A este talento hay que añadir una enorme actitud y un despliegue de energía encomiable. Prueba de ello es que McPherson comenzó la actuación algo dubitativo debido a unos problemas en su garganta más que evidentes, por lo que pidió disculpas al público varias veces. Lejos de restarle puntos al devenir del concierto, el esfuerzo de JD por superarlos creciéndose ante las adversas cirscunstancias y consiguiéndolo finalmente -su voz se fue calentando hasta eclosionar con una intensidad demoledora en la recta final de la noche-, otorgó a la figura del cantante un plus de brillantez cimentado en su fuerza, garra y pundonor sobre las tablas.
Del repertorio, simplemente decir que fue uno de los mejores compendios de R ´n´ R, swing, boogie y blues que se pueden degustar a día de hoy en el planeta, sobre todo porque el cantante norteamericano consigue transmutarse según el tema interpretado, en algunos de los más grandes maestros del género. Así, con “Scandalous”, tema con el que abrieron la noche, JD evocó al Little Richard más huracanado; con “Dimes for nickels” y “B.G.M.O.S.R.N.R.” a Chuck Berry; con “I can´t complain” a Elmore James; con “Wolf teeth” (ya en los bises, acojonantes por cierto) al homenajeado Howlin Wolf y su negra alma de blues; a Jackie Wilson con “North Side Gal”; y con “Signs & Signifiers” a Bo Diddley. Mención especial merecen las dos versiones incluidas en su álbum de de debut: “Country boy” de Tiny Kennedy y “Your love” de los Bellfuries de Joey Simone, y la también increíble versión que se marcaron del “Carol” de Chuck Berry. Un lujazo para una memorable velada de exquisito sabor añejo.
domingo 11 de diciembre de 2011
DESCONCIERTOS (THE BREW Y ÚLTIMA EXPERIENCIA)
Concierto celebrado el pasado miércoles 9 de Noviembre de 2011 en El Sol (Madrid). Público: casi lleno.
Para los que huimos de músicas manufacturadas, de playbacks, de falsos productos “musicales” y de “artistas” más preocupados en dar volteretas que de cantar, los géneros como el blues, el punk, el rock o el garage (por poner sólo algunos de los más destacados ejemplos) son tablas salvavidas a las que nos agarramos con uñas y dientes. Porque por regla general las bandas y solistas cuya música se adscribe dentro de cualquiera de ellos, suelen fundamentar su estilo y su sonido en la autenticidad y por tanto dan una importancia superlativa a sus directos, sabedores de que los mayores y mejores devoradores de dichos géneros suelen dictar sentencia (positiva o negativa) dependiendo muy mucho de cómo suenen sus canciones, más que en el estudio, en las distancias cortas de un concierto. Los madrileños Última Experiencia son más que conscientes de este hecho y como buenos amantes que son del rock de los 60´s y 70´s, que a la postre es el género del que bebe su música fundamentalmente, están creciendo como banda de la mejor manera posible: a base de patearse salas y más salas; tocando como cabezas de cartel, como invitados o como teloneros; ante públicos dispares y a veces ajenos (cuando tocas de telonero como ocurrió esta noche, generalmente lo haces ante un público que no viene a verte a ti, y para ganarte su respeto y conseguir su admiración tienes que emplearte al 100 %); adquiriendo tablas y experiencia que a la postre son las que forjan el carácter del individuo y le permiten obtener poco a poco más solvencia, seguridad y empaque; y andando su camino con pasitos cortos, sin prisas, sin perder el norte y construyendo sus sueños e ilusiones desde los cimientos y no desde el tejado. El mejor ejemplo de esta sabia forma de hacer las cosas es el hecho de que en apenas dos años esta sea la cuarta vez que el trío visita El Sol y que no tengan prisa en publicar un primer largo de debut (que no obstante llegará a principios del 2012), dejando primero que crezcan y maduren sus canciones a base de ser ejecutadas una y otra vez en sus conciertos. Y los satisfactorios resultados saltan a la vista. Todavía recuerdo su primer bolo allá por otoño del 2009 en esta mítica sala: los nervios atenazándolos, el tono plomizo y monótono de su actuación, su falta de ritmo, de garra y de alma, y la poca vida de unos temas que todavía sonaban deslavazados e insulsos. Dos años después y con tan sólo un E.P. más publicado desde entonces -el reciente “Tres”-, aquellos primeros temas de su E.P. de debut -“Madrid”- han evolucionado hacia una rotundidad, un empaque y una fuerza que los han convertido (a base de curro y esfuerzo, repito) en soberbios trallazos que engrandecen la mejor tradición del rock clásico, y los nuevos, también trillados hasta la saciedad para buscar la perfección durante estos dos años, antes incluso de ser publicados, suenan ya a algo reconocible y apetecible, a Última Experiencia, o lo que es lo mismo, a rock de guitarras de sonido incisivo y contundente, en los que además aparecen nuevos matices que enriquecen el conjunto como esos aires “blueseros” que hasta la fecha no eran tan característicos del estilo del grupo. Dos años después además, los nervios han dado paso a la seguridad, la monotonía al derroche de energía, la falta de ritmo se ha tornado en ritmo trepidante y la falta de garra en una mejoría de la actitud, en sudor, en saltos, en rabia y en hambre devoradora de escenarios. Y dos años después la técnica se ha pulido: J. Alberto y Carlos han dotado a las bases del trío de una fuerza demoledora en muchos momentos, antes inexistente y Miguel ha crecido como guitarrista (su voz tiene sin embargo todavía mucho margen de mejora) hasta límites insospechados, regalándonos unos punteos, unos solos y unos rítmicos de un virtuosismo incuestionable. A excepción por tanto de esos escasos momentos en que el trío se decanta por el pop melódico -“Janet the planet”, “La rueda gira”- que siempre han sido su talón de Aquiles y que no entiendo por qué siguen incluyendo en su repertorio (los medios tiempos no son lo suyo y nunca lo han sido), el resto fueron de largo los mejores minutos sobre un escenario que yo les haya visto hasta la fecha. De hecho, “La espiral”, “Ha sido un placer”, “Castillos de arena”, “La sensación”, “Lo sentido” y ese “Madrid” que de dejarme un regustillo en primeras escuchas ahora me parece un tema descomunal, sonaron inmensas, dejando bien a las claras que Última Experiencia siguen progresando adecuadamente. Y yo, que les conozco, que les profeso un gran cariño y que les estoy viendo crecer, me alegro no sabéis cuanto.
Que reconozca que Última Experiencia van sumando méritos con el tiempo, que Miguel toca muy bien la guitarra, que J. Alberto va logrando que su bajo suene más compacto, que Carlos ejecute con más vigor y contundencia, que les tenga cariño por su simpatía, que me alegre de su crecimiento y que en definitiva, sean una banda cada vez más correcta; no puede no obstante ocultar una realidad que The Brew se encargaron de constatar sólo unos minutos después de su actuación: del buen hacer a la excelencia hay un gran trecho y dicha excelencia está al alcance de muy pocos privilegiados. No quiero con esto restar méritos al trío madrileño, pero sí dejar bien claro que existe una Primera División Musical, que por su calidad, imagen, talento y actitud está a años luz del grupeto de bandas y solistas que habitualmente vemos tocar en el circuito de salas de la capital. Y los británicos pertenecen a ese grupo de privilegiados. Lo cojonudo del caso es que si analizas detenidamente sus discos y sus directos, te das cuenta de que en el fondo no tienen canciones de esas que se te quedan en la mente y lo que es más importante en el corazón, fácilmente, porque no poseen melodías rápidamente reconocibles ni estribillos pegadizos (a lo AC/DC para que me entendáis). Y sin embargo esto no resta ni un ápice de grandilocuencia al conjunto y no impide que sus directos se te claven en las entrañas como una espada incandescente. Porque el pipiolo Jason Barwick toca la guitarra con una suficiencia abrumadora a sus poco más de veinte años, con una técnica, un desparpajo y una energía que no sólo recuerdan, sino que reviven a los más grandes maestros de las seis cuerdas que ha dado la historia del rock: Page, Clapton, Hendrix, Townshend, Young o el más reciente Bonamassa. Porque ese mismo jovenzuelo posee una imagen demoledora e hipnótica, una actitud avendavalada, un control del ritmo y el tempo del concierto abrumadores y una energía que a su vez reviven a esos grandes monstruos del escenario como el ya citado Angus o el bueno de Pete, regalándonos estampas inmaculadas, imágenes eternas de esas que se adhieren a la retina para no perderse nunca, a cada minuto. Y para rematar posee un vozarrón que no se sabe de donde cojones brota y que te azota como un torbellino en la onda del Vedder de los inicios, que encima te deja la sensación de que cuando dentro de unos años esté más curtido y castigado va a ser ya la hostia en verso.
Porque el otro pipiolo Kurtis Smith revienta su batería con la rabia, la clase y el pundonor de a su vez los más grandes bateristas de la historia, pareciendo sobre todo una reencarnación del gran John Bonhan, como dejó bien claro en un solo de más de diez minutos en el que destrozó las baquetas y acabó tocando a base de puñetazos, logrando esos salvajes efectos que ya firmaba el de los Zeppelín en las míticas “Moby Dick” y “Over the top”.
Porque el otro pipiolo Kurtis Smith revienta su batería con la rabia, la clase y el pundonor de a su vez los más grandes bateristas de la historia, pareciendo sobre todo una reencarnación del gran John Bonhan, como dejó bien claro en un solo de más de diez minutos en el que destrozó las baquetas y acabó tocando a base de puñetazos, logrando esos salvajes efectos que ya firmaba el de los Zeppelín en las míticas “Moby Dick” y “Over the top”.
Y porque el padre de Kurtis -Tim Smith-, lejos de amansar a las bestias; las incita, excita, exprime y jalea, ejecutando unas bases brutalmente feroces con su bajo, agarrado y tocado como una polla enhiesta que parece que pueda reventar en cualquier momento y que le convierten no en el tercero en discordia, sino en la pieza fundamental del motor de esta máquina avasalladora. Tanto es así, que no me duelen prendas al afirmar que para mí ésta ha sido uno de los dos o tres mejores bajistas que ha pasado por El Sol en la última década.
El resultado como no podía ser de otro modo, fueron dos horazas de rock con mayúsculas en el que el trío nos ofreció un compendio inigualable en el que se condensaron todas las virtudes de los más grandes de la historia: Hendrix, The Who, Cream, Led Zeppelín, Pink Floyd… Que se dice, mejor dicho se escribe pronto, pero que en realidad supone un mérito que está al alcance de muy pocos.
El momento álgido, el que nos puso los pelos de punta y nos aceleró la respiración, fue el homenaje que Jason hizo a Jimmy Page, tocando su guitarra con un arco de violín, ejecutando de forma asombrosa, con un sonido impoluto y una técnica inigualable, los primeros acordes de esa obra cumbre del rock que es “Dazed and Confused”, dentro de una actuación sobresaliente en la que sobre todo desgranaron temas de su último disco “The third floor” y revisaron algunas de las canciones más emblemáticos de sus dos primeros largos.
Unas bestias pardas, oígan.
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